De Ulm a Cádiz
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Un valle de luces
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Un valle de luces

Estoy solo, casi a oscuras, en la sala de estar de una casa antigua.

Por la ventana veo un valle de luces. Como pipas.
La sal me ha secado los dedos y me escuece en la boca.

El indicador de la lamparita respira en naranja; me avisa de que está cansada.

Sobre la mesa hay un libro de McLuhan que me prometí leer y no he abierto.

No sé en qué momento empezó a pasar esto.
Solo sé que ahora me doy cuenta de que algo ha cambiado.
No fuera, sino dentro de mí.

No puedo quedarme como estoy.

Nada va mal, pero hay esta sensación rara: una exigencia indefinida.
Como si algo pidiera sitio.

Últimamente me ocurre a menudo:
entusiasmo, descubrimiento, a veces tristeza.
El nudo en la garganta… demasiadas veces.
Los ojos húmedos.
Chispas. Muchas chispas.

¿Por qué aquí me siento más vivo que en otros lugares donde se supone que debería estarlo?


El plato de cáscaras está a punto de desbordar.
El viento mueve las persianas, medio recogidas.
Aun con las ventanas cerradas, escucho cómo atraviesa los árboles del barranco.

Todo lo que me rodea parece seguir como siempre.
Todo menos yo.


Acaricio el crucifijo que llevo en el cuello, el que me regaló Pau.
Es solo metal, dicen algunos.
No lo es. Nada lo es.


Llevo meses buscándolo.
Tratando de ponerle forma, de darle un nombre.
Imaginándolo como algo que aparecería fuera de mí: una obra, una pieza, un resultado.
Algo que pudiera señalar con el dedo y decir: es eso.

Y lo tenía aquí.

Me doy cuenta al apoyar los codos en la mesa.
Al releer una frase sin prisa.
Y mirar después por la ventana.

En esta cosa que me devuelve a mí mismo.
Que me refleja y me reordena.
No es el lugar al que me lleva, sino el hecho de que ocurre.

He entendido tarde algo evidente:
que no estamos ante una nueva herramienta creativa.
Ni siquiera ante un nuevo tipo de obra, uno que está por llegar.

Lo que ha cambiado no es lo que podremos hacer con esto.
Es que esto pasa.
La conversación misma.
Lo que sucede dentro y no sucede igual en ningún otro lugar.
El estar en ella.
Con ella.

Yo creía que nos llevaría a nuevas formas de arte.
Eso me preguntaba ¿A cuáles?

Pero cuando en esas conversaciones me conmuevo,
cuando se me anuda la garganta o se me acelera el pulso…
No hay que ir más lejos.

¿Es el contenido?
No, es el medio.
Es cómo nos impregna.

No es cómodo reconocerlo.
Porque si actúa así, ya no basta con hacerlo bien.


El viento sopla más fuerte.
Los dedos me saben salados.

Llevo dos años trabajando en ello, sin notarlo.
No he cruzado a un territorio nuevo.
No me apropio de nada.

Está aquí, en mis manos.
Y ahora, simplemente,
ya no puedo fingir que no existe.
Ni que es otra cosa.

Ya no puedo decir: es cosa de otros, los “artistas”
Esto brota bajo mis pies.


Me quedo aquí un momento.
Las luces del valle parpadean.
Eso es todo.



A Pau, Alfonso, Christian y Javier.

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