WTR 2/6: Diez horas hasta Port Sudán
NOTA IMPORTANTE: este es el segundo episodio de seis, de una serie que empezó con Whisky Tango Romeo. Si no lo leíste en su momento, hazlo ahora. Si lo hiciste, quizás quieras releerlo antes de continuar.
Son las 18h y el sol acaba de ponerse. Esta suele ser la mejor hora para recibir mensajes por radio. Por algún motivo que desconozco, la propagación en onda corta mejora al amanecer y al anochecer. Sin embargo, ya tengo todos los bloques de números y no necesito volver a conectarme, por hoy.
Calculo que atracaremos en Port Sudán en unas diez horas. Tengo tiempo de sobra para descodificar los números y descansar. Pero antes de nada, necesito una buena ducha. El olor de estos puertos, mezclado con la humedad salada del aire, se me ha pegado a la piel como un ungüento. No puedo pensar cuando me siento sucio.
Acaban de tocar a la puerta del camarote. Es un marinero con una nota “de parte del capitán”, me dice. Me invita a cenar con él a las ocho en la cámara de oficiales. Le doy las gracias al muchacho y le confirmo mi asistencia, pero aún lo estoy procesando. Para el capitán, soy un simple ingeniero de la naviera; no soy tripulación, aunque por mi título se me da tratamiento de oficial raso. Me pregunto por el motivo de la invitación. No veo motivos para sospechar nada. Los tankers son buques con poca dotación. Ejercer el mando aquí debe de ser algo solitario y aburrido. Trataré de darle buena conversación.
La ducha no está siendo refrescante; con el grifo al máximo de frío, el agua sale tibia. Sabe a yeso y el jabón tarda en desaparecer por el desagüe. Me salgo rápido. Antes de haberme secado ya estoy sudando de nuevo.
Me han asignado un camarote pequeño pero acogedor: suelo de moqueta, y una estructura de catre y mesa en bastante buen estado. Corro la cortina del portillo, que da a estribor, echo el cerrojo y me siento a trabajar. A mi izquierda la libreta con las secuencias de números y a mi derecha el libro de Bombard y una paginita en blanco que acabo de arrancar. El primer número corresponde a la página del libro, el segundo a la línea, el tercero a la palabra y el cuarto a la letra. Empiezo a descifrar y voy anotando las letras una a una, sin espacios:
P-S-7-A-P…
Es un trabajo mecánico y tedioso. Lo he hecho miles de veces, pero me sigue dando un cosquilleo por dentro cada vez, mientras trato de acertar las palabras del mensaje antes de transcribirlas del todo. Este ha sido breve:
PS7APOYO-ALFILCONFIRMADO
El centro me confirma el contacto de mañana con PS7, un misionero italiano de la orden comboniana que dirige una escuela para huérfanos. Lleva años colaborando con el Centro, a cambio de generosas partidas de Exteriores para la alfabetización en la región, que pasan siempre por su oficina. Él me facilitará un coche, un intérprete y el punto donde verme con Alfil, nuestro “cliente”, que dice representar a las fuerzas armadas eritreas, aunque en este lugar cualquiera con tres camionetas y una docena de hombres armados ya se considera general.
Quemo la hojita en el cenicero, deshago la ceniza con el bolígrafo y “Náufrago Voluntario” vuelve a ser un libro de aventuras.
El capitán del barco es uno de esos hombres de mar de antes, con un sentido del honor y la hospitalidad incuestionables. Vasco, cercano a los sesenta, leal a su buque, a su naviera y a su patria. De primero, hemos comido unas anchoas que su mujer le ha metido en el equipaje desde Fuenterrabía y que el cocinero le guarda para ocasiones. De segundo najil, una especie de mero de coral del mar Rojo, comprado aquella mañana en Jeddah. El pescado ha llegado en una cazuela baja, sumergido en un pilpil ligado a medias. En palabras del capitán, “cualquier pescado mejora si le enseñan a ser vasco”.
Hemos hablado de fútbol y de historia, de la que es un erudito. Le he puesto al tanto de mi trabajo a bordo y de las mediciones que he tomado. Me ha preguntado por mis conclusiones, pero he esquivado la pregunta diciendo que había que pasar algunas cosas por el laboratorio y si hubiese algo serio la naviera se lo comunicaría por radiotelex.
La cena ha terminado con un whisky en otra sala que el capitán tiene acondicionada a modo de biblioteca, donde me ha mostrado una edición completa de la Historia de España de Menéndez Pidal, las obras de Caro Baroja y varias baldas de crónicas de Indias compradas en librerías de viejo de medio mundo. Los volúmenes están sujetos con listones de madera para que no salgan despedidos con mala mar. Al despedirnos me ha recomendado dormir algo, que mañana me espera un día largo. No recuerdo haberle contado nada de mi día de mañana.
Ya estoy de vuelta en el camarote. Quedan seis horas para llegar a Port Sudán. Me va a costar dormir: el pilpil me está empezando a dar la noche.
CONTINUARÁ



