Marta sujetó la puerta del ascensor con una mano y se asomó. No había ningún cartel que indicara dónde era la formación. Miró de nuevo los dos botones de las plantas bajas: debía de haber pulsado el que no era. Llevaba apenas diez minutos en Telefónica, con la acreditación de su primer día colgada al cuello, y ya estaba perdida en un sótano.
El edificio conservaba el nombre de la compañía grabado en la piedra de la entrada. Arriba habían puesto mamparas y mesas regulables; abajo, un pasillo de moqueta desembocaba en una puerta abierta. Marta se asomó para preguntar.
Había varias mesas vacías. En una quedaba un teléfono sin cable y un monitor viejo encendido. Uno de los fluorescentes del techo técnico zumbaba sin llegar a encenderse. La moqueta se había desgastado hasta quedar lisa en los recorridos entre las mesas.
—¿Hola? ¿Es aquí la formación?
Esperó en la puerta, pero no parecía haber nadie. Desde el umbral solo alcanzaba a ver una franja azul en el monitor; el resto quedaba oculto por el respaldo de la silla.
Se adentró varios pasos. Había una chaqueta, o eso le pareció, sobre la mesa del fondo. Al acercarse vio que era una funda de plástico doblada, de esas que se empleaban para proteger los monitores. Miró hacia el pasillo por si aparecía alguien a quien preguntar.
El ordenador tenía una torre bajo la mesa. El marco del monitor era grueso. En una esquina tenía una pegatina de inventario: MAD-325-2025. En la otra, el logotipo de Compaq. El teclado estaba apoyado en la base de la pantalla. A su lado, el cable del ratón, tensado, desaparecía por un agujero del tablero, sin apenas margen para moverlo. Marta rodeó la silla.
Conocía aquel azul. La franja cruzaba la parte superior de la página, sobre un fondo blanco dividido en columnas. A la izquierda había una foto de perfil pequeña; debajo , avisos de fotos nuevas resaltados en verde y filas de miniaturas. Arriba, a la derecha, en un tono más oscuro, estaba el botón «Subir fotos». Se inclinó para leer el logotipo.
Tuenti.
Se le escapó una sonrisa. Recordó las tardes eligiendo una foto para subir y cómo volvía a entrar después de cenar, para ver los comentarios. A veces la borraba antes de acostarse. Todavía le daba un poco de vergüenza acordarse de lo pendiente que estaba.
Lo había usado durante años, pero tardó en reconocer la distribución de la página. Recordaba las fotos más grandes. O quizá era la pantalla: casi cuadrada, mucho más pequeña que la que le habían asignado arriba.
Volvió a mirar la puerta. No quería que la encontraran curioseando en el ordenador de otro el primer día.
Nada se movía en la página. Tocó el ratón, como si hubiera que desactivar un salvapantallas. El cable dio un tirón; Marta lo sujetó mejor y pulsó sin querer. La página se quedó en blanco.
—Mierda.
Apareció la pantalla de acceso: e-mail y contraseña.
Miró la hora. Faltaban doce minutos para la formación.
Su correo de entonces llevaba dos guiones bajos. La contraseña era el nombre de su perra y unos números; probó con el año de nacimiento y después con el portal de sus padres. La segunda funcionó.
Se sentó en el borde de la silla y se acercó a la pantalla. Olía a tapicería vieja, más ahora que se había sentado. Se le había quedado la boca seca; al pasar la lengua por el paladar encontró aún el amargor del café. ¿De verdad iba a estar todo ahí? Arrimó la silla con un impulso de los pies. Notó cómo su cuerpo transpiraba. Se secó la mano en el pantalón, sin apartar los ojos de la página que acababa de abrirse.
Lo primero que pensó fue que la sesión se había quedado congelada al cerrar la red social. Tuenti ya no existía, pero aquel ordenador conservaba las páginas tal como las habían dejado. «Será una especie de copia de seguridad», dijo después, susurrando.
En su foto de perfil sacaba la lengua bajo un flequillo que le tapaba medio ojo. Llevaba una camiseta de tirantes sobre otra y había recortado a Carmen, aunque todavía se veía su mano en un hombro. No recordaba haberla dejado ahí. «Inicio», «Perfil», «Mensajes privados». Marta llevó el puntero hacia las fotos antes de decidir qué quería mirar.
Aurora había subido veintisiete. Mayo de 2015.
En la primera estaban las tres sentadas en la hierba, con un cartón de vino entre las Converse negras de Lucía. Se acordaba de aquella tarde. Habían discutido por dónde sentarse y luego nadie había querido levantarse para ir a comprar vasos. Pero a Lucía la recordaba con el pelo largo; en la foto lo llevaba cortado por la mandíbula.
Marta acercó la cara a la pantalla. Reconoció una pulsera que había llevado durante meses, hasta que se le soltó el nudo en la ducha. Casi notaba el cordón mojado en la muñeca.
Alguien las había etiquetado. Pulsó sobre su nombre y apareció otra foto suya, desenfocada, con los pantalones bajos y la cintura al aire. Recordó el movimiento que hacía para subírselos sin levantarse del suelo. Se le escapó una risa y se tapó la boca, aunque estaba sola.
Todo aquello seguía allí. Podía abrir las fotos, leer los comentarios que ya nadie contestaría. Miró cuánto faltaba para la formación y volvió al álbum. Una más.
Una ventana se abrió abajo.
—donde estabas, Marta? Pensábamos que habías desaparecido tía.
Era Carmen.
Marta comprobó la fecha de las fotos: mayo de 2015. Luego miró el mensaje. El indicador junto al nombre seguía verde.
—Por aquí.
—pues contesta alguna vez
Entró otro.
—qué foto te has puesto. anda que no te hice mejores
Dani.
Marta retiró las manos del teclado. En su foto se veía su ojo y una parte de la cámara.
Abrió su perfil. Estaba la foto del puente, la del gato de su vecina, la de Marta apoyada en una pared de ladrillo. Había olvidado aquella. Él se había agachado en mitad de la acera para hacérsela y le daba instrucciones como si fuese un fotógrafo de moda retratando a una modelo. Ella, avergonzada, le pedía que parase, que la gente miraba.
Volvió al chat. No había mensajes anteriores. Solo aquella frase sobre su foto, recibida hacía un minuto.
Acercó las manos al teclado, pero se quedó mirando el nombre de Dani. Desde el pasillo llegaban unas voces que pasaron de largo. Cuando dejó de oírlas, escribió:
—¿Estás ahí?
Pulsó Intro y apartó las manos. La respuesta apareció debajo.
—sí, marta. esperando a que me hagas caso
Dejó las yemas de los dedos suspendidas en el borde de la mesa. Dani había contestado a lo que ella acababa de escribir. Volvió a leer las dos frases, buscando algo que le permitiera tomarlas por una conversación antigua, abierta por error.
Pero «¿Estás ahí?» lo había escrito ella, hacía unos segundos.
—No puede ser.
Lo dijo en voz alta y miró alrededor. Seguía sola en aquella oficina. En el pecho le colgaba la acreditación que acababan de darle; en la pantalla, Dani esperaba a que le hiciera caso, como diez años atrás.
Acercó una mano al ratón sin llegar a tocarlo. ¿Quién estaba escribiendo? Quiso preguntárselo, pero entró otra frase.
—te recojo a las ocho?
Sonrió con la mirada. Luego se llevó los dedos a los labios. No sabía siquiera dónde iba a ir a buscarla.
Algo vibró sobre la mesa, junto a su mano. Marta dio un respingo y bajó la vista. Era su móvil; tardó un instante en cogerlo. En la pantalla iluminada aparecía la fecha de hoy y un mensaje de WhatsApp de Óscar, con un emoji de beso con corazón: 😘.
«¿Qué tal tu estreno? He comprado las aceitunas esas que te gustan. Hoy cenamos en casa, no?».
Marta dejó el móvil junto al teclado, sin contestar a Óscar. Volvió al chat de Dani y escribió:
—Hoy no puedo
—mañana entonces. llevo toda la tarde pensando en meterte mano
Desde algún lugar del pasillo llegó el golpe de una puerta. Marta dio un respingo. Se levantó y salió deprisa hacia el ascensor, para subir a la formación.
No cerró sesión.
Durante la formación, bajo la mesa, buscó Tuenti en el móvil. Encontró noticias sobre su cierre.
Aquella noche lo intentó desde casa. Escribió la dirección tal como la recordaba, buscó accesos antiguos, cambió una letra por si se había equivocado. Óscar se sentó a su lado con un cuenco de aceitunas y le ofreció una pinchada en un palillo.
—¿Sigues trabajando?
—No. Una cosa que he visto hoy.
Él le besó el pelo y fue a tender la ropa de correr.
Marta abrió WhatsApp y pulsó «Nuevo contacto». Escribió el nombre de Dani y su antiguo número, que le salió de memoria, con las pausas con las que lo recitaba entonces. Lo guardó y abrió su perfil. Apareció una señora abrazada a dos niñas con vestidos de comunión. La descripción decía «Mi Perú querido».
Borró el contacto.
Óscar volvió y le levantó los pies para sentarse debajo. Le preguntó por los compañeros, por su jefa, por si había encontrado algún sitio para comer. Marta le contó lo de la acreditación que no abría los tornos. Él se rio y le acarició un tobillo mientras la escuchaba.
Habían empezado a hablar de tener un hijo. Marta nunca había dudado de cómo sería Óscar con un niño.
Al día siguiente, él salió antes. Desde la ventana lo vio guardarse los guantes bajo el asiento de la scooter y volver a sacarlos porque hacía frío. Iba a Iberdrola con la comida que habían preparado juntos.
Marta llegó veinte minutos antes a su puesto. La dirección de Tuenti tampoco funcionó allí. Bajó durante el descanso.
La sala estaba igual. Al entrar reconoció el olor a polvo y tapicería vieja. Se quitó el abrigo, pero allí abajo hacía frío y volvió a ponérselo antes de arrimar la silla al ordenador. El zumbido de las luces se oía desde la mesa. Apoyó un pie para acercarse más y la suela se enganchó en una junta abierta de la moqueta. Tuvo que tirar para soltarla; miró hacia la puerta, con el pie aún levantado. Volvía a tener la boca amarga. Tragó saliva y se volvió hacia la pantalla.
Había mensajes nuevos.
—qué tal ayer con su madre? —preguntó Aurora.
Marta nunca había conocido a la madre de Dani. Habían quedado en ir un domingo a comer y ella lo dejó el viernes anterior. Recordaba haberse alegrado de no tener que ir.
—Bien.
Esperó a que Aurora añadiese algo. En lugar de eso, Carmen abrió otra conversación.
—sigues con lo de dejarlo con Dani?
Marta miró hacia la puerta.
—No sé.
—tía pero si lo tenías clarísimo
Carmen escribió durante un rato.
—fotógrafo? de qué va a vivir, de hacer reportajes de boda?
Marta había oído aquello. Quizá había sido ella quien lo había dicho primero.
—Hace fotos muy buenas.
—sí, sobretodo de tus tetas jajaja
Entró Dani.
—mañana escápate de clase y vente conmigo
—¿Adónde?
—qué más da
—Dímelo.
—al pantano. no va a haber ni dios
Marta apoyó los codos en la mesa. Una noche él había ido a verla en moto, con alguna copa encima. Sus padres dormían y ella había esperado junto a la ventana del baño, escuchando hasta reconocer el motor. Ahora pensaba que Dani podría haberse matado en aquel trayecto. Imaginaba el teléfono sonando de madrugada y a su madre bajando las escaleras para contestar: una llamada de la Guardia Civil. Aquella noche solo le había preocupado que sus padres no se despertaran al abrirle la puerta a Dani. Había sujetado el pestillo para que no sonase.
—voy a hacerte fotos hasta que te hartes de mí
—No sé si podré salir.
—yo te espero
Esa mañana, un compañero le había dicho a Marta que le sentaba bien el pelo recogido. Marta le había dado las gracias y había seguido buscando una grapadora.
Volvió a leer «yo te espero».
El móvil se iluminó.
«¿Te va bien que venga mi hermana el sábado? Trae al peque. Dice que pregunta por ti».
Respondió que sí.
En el ordenador escribió «Tengo treinta y tres años». La frase ocupaba poco en la casilla. La seleccionó y la borró.
—Ven a buscarme. Aunque te diga que tengo clase.
—esa es mi chica
—Y lleva la cámara.
—siempre
Al tercer día en Telefónica, tras una reunión, los compañeros le propusieron desayunar juntos en una cafetería cercana. Marta se excusó diciendo que tenía una llamada importante que hacer. En cuanto se fueron, bajó de nuevo al sótano.
El monitor seguía encendido.
«Dani ha subido 6 fotos».
La primera mostraba el pantano. En la segunda había una bolsa del supermercado colgada del manillar de la moto. Marta avanzó.
Estaban juntos sobre una toalla. Él había estirado el brazo para hacer la foto y salía con media cara cortada. Ella llevaba su chaqueta, demasiado ancha de hombros, y el pelo aplastado por el casco. Se reía con la boca abierta. Dani la miraba.
Debajo había un comentario de Marta:
«teníamos que habernos escapado antes».
Se acercó a la pantalla. Nunca había estado en aquel pantano. Amplió la foto hasta que solo quedaron las dos caras.
La ventana del chat parpadeó.
—te has dejado los pendientes en mi casa
—¿Dónde los has encontrado?
—en la cama. casi me clavo uno
Marta dejó escapar una risa y acercó el teclado.
—Eso te pasa por bruto.
—perdona, que ayer tenías tú mucha prisa
No había estado allí. Aun así, tardó en quitar la sonrisa.
—¿Y tú no?
—yo quería desnudarte más despacio. pero tenías frío y me dio pena
—vente esta tarde. te hago sitio debajo del edredón
Marta se metió las manos entre las rodillas. En aquella sala no acababa de entrar en calor.
—Guárdamelos, anda.
—ven a por ellos
—y quédate a dormir esta vez, que luego la cama está helada
Se llevó una mano a la oreja. Encontró la pequeña pieza de plata y la sostuvo entre dos dedos. Óscar le había regalado aquellos pendientes en su quinto aniversario. Se los había puesto esa mañana, delante del espejo del baño.
Buscó el otro. También estaba.
Quizá conoces a alguien para quien Tuenti fue importante. Si es así, pásale esta historia, seguro que le despierta buenos recuerdos.


