Tac, tac, tac...
La canción empieza con un monólogo. Un hombre, con acento alemán, recuerda un momento de su pasado. De fondo, se escucha el murmullo de un bar, una sala con gente:
“Por aquella época, en Alemania, en el 69, en el 70, ya había discotecas. Así que cogía el coche, iba a una discoteca, cantaba quizá media hora. Creo que tenía unas siete u ocho canciones. Dormía en el coche, porque no quería volver conduciendo a casa. Y eso me ayudó, durante casi dos años, a sobrevivir en aquellos comienzos.”
En este punto, arranca la música: un bajo rítmico y orgánico, una batería que invita al baile. Te lo imaginas sólo con escucharlo: las camisas abiertas hasta el tercer botón, la moqueta espesa y el humo de tabaco. Entonces entra la guitarra rítmica. Suena un poquito funk, pero sigue siendo orgánica. La gente se levanta de sus sofás se dirige a la pista de baile. Se mueven con elegancia y sensualidad, muy conscientes de sus movimientos.
La voz sigue narrando:
“Quería hacer un álbum con los sonidos de los años cincuenta, los sonidos de los sesenta, de los setenta… Y después tener un sonido del futuro.”
La música se detiene. Unos instantes de silencio y de repente entra un sonido rítmico:
Tac, tac, tac, tac…
Podría ser un metrónomo, pero suena más seco, más… matemático. La voz continúa:
“Y me dije: «Espera un momento. Yo conozco el sintetizador. ¿Por qué no utilizo el sintetizador, que es el sonido del futuro?»”
El tac, tac, tac, continúa. Parece que anticipe algo. De repente, te descubres siguiendo tú el ritmo con la mano mientras escuchas. Y la voz, serena, pero algo más cargada de emoción, continúa:
“No tenía ni idea de qué hacer, pero sabía que necesitaba un clic de referencia, así que grabamos un clic en la grabadora multipista de 24 canales, que después sincronizamos con el Moog Modular. Sabía que aquello podía ser un sonido del futuro. Pero no imaginaba hasta qué punto iba a ser grande su impacto.”
Un silencio dramático. Tac, tac, tac, tac… Y de golpe, con aplomo, esa voz se presenta, confirmando algo que intuíamos:
“Mi nombre es Giovanni Giorgio.
Pero todo el mundo me llama Giorgio.”
Y, entonces, con con la seguridad de quien posee el lugar, la música arranca de nuevo. Pero esta vez no son instrumentos analógicos. No hay bajo ni guitarra, no hay hihat de batería. Ahora un sintetizador llena todo el espacio, la melodía, la base, el ritmo, y te sientes propulsado al futuro, a la velocidad de la luz.
Cuando la canción ha terminado, sientes que te han contado algo importante, pero aún no sabes exactamente qué.
La vuelves a escuchar, prestando atención a todo: notas la voz de Moroder, cambiando de textura en cada tramo, como si se hubiese grabado con un micro distinto. Los instrumentos, la transición de lo analógico a lo electrónico. No es progresiva, es repentina.
Y entonces captas el mensaje: Giorgio Moroder te acaba de contar el nacimiento de la música electrónica a través del sintetizador Moog. Y Daft Punk lo ha descrito musicalmente.
El sintetizador empezó siendo una curiosidad tecnológica, un artefacto extraño que clonaba sonidos. Pocos sabían cómo utilizarlo. Pero Moroder (y Kraftwerk, Jarre o Tangerine Dream) decidieron dejar de preguntarse qué podía copiar del pasado y empezaron a preguntarse qué podía inventar. Le dieron la vuelta y lo pusieron mirando al futuro. Una estética nueva, un lenguaje distinto, otro mensaje.
Ahora, “Giorgio by Moroder” ya no es la pista 3 de un disco de Daft Punk. Ahora es una de las mejores lecciones de teoría estética que has podido recibir.
Te quedas pensando en ello… La canción. La pones una y otra vez. Y entonces te das cuenta de algo que se te había escapado:
Daft Punk están homenajeando a Moroder y el uso del sintetizador en 1977. Pero quizás la canción no sea sólo sobre él. Quizás haya otro nivel, uno que se comporta como un espejo en el que Daft Punk, en su disco de despedida, se ven a ellos mismos, jóvenes, dándole la vuelta al ordenador para contarnos un mensaje nuevo.
La canción está a punto de terminar. La voz de Giorgio Moroder vuelve a aparecer:
“Nadie me dijo lo que tenía que hacer. Y tampoco existía ninguna idea preconcebida sobre lo que había que hacer.
Una vez que liberas tu mente de la idea de que la armonía y la música tienen que ser «correctas», puedes hacer lo que quieras.”
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