Ola
Llego a casa después de un día intenso, voy a tomar el ascensor y no está. Donde me esperaba la puerta metálica, solo hay una pared revestida de mármol, como el resto del hall. Desconcertado, miro aquí y allá. Descubro un pasillo intrincado. Extintores, poca luz y, al fondo, tras mucho caminar, el maldito ascensor.
Ya en casa, desde la ventana de mi cocina, veo como el terreno oscila: la calle, los jardines… como si la tierra fuese líquida y viniese una ola que eleva el terreno a su paso. No es una ola de playa —esta no rompe— sólo ondula, como las de alta mar. Se acerca. Se acerca. Y alcanza mi edificio.
La siento atravesarme como una descarga eléctrica lenta, un escalofrío más largo de la cuenta. Siento como se aleja, aunque no la vea. Y algo ha cambiado. El frigorífico ahora es blanco y la distribución de la casa… es diferente.
Suena algo por la radio. Es un anuncio del presidente de la Comunidad, invitando a los madrileños a celebrar San Isidro en la playa. Me asomo de nuevo a la ventana ¿Vendrán más olas?
Después me he despertado. Alivio. Las 7:11 de la mañana, me quedan unos minutos antes de tener que levantarme. Miro el móvil. Abro Twitter. Ha cambiado: “Para ti”, “Siguiendo” y una pestaña nueva con una lucecita azul.

