La centralita
Pasé un tramo de mi adolescencia en Ceuta. Arrastraba malos resultados académicos y mis prioridades estaban algo desordenadas. Mi padre decidió que unos años trabajando en su agencia de transportes me quitarían la pamplina. Bastaron nueve meses.
Vivía de alquiler en un piso destartalado de un edificio que fue noble en la primera mitad de siglo, pero que ya nadie cuidaba. En el hueco de la escalera seguía la vieja centralita telefónica, olvidada en la oscuridad.
A veces me acercaba a contemplarla: “Standard Eléctrica 7200, fabricación nacional”. No estaba completa, alguien se habría llevado los cables y el auricular. Olía bien, a goma y madera.
En sus buenos tiempos, una mujer (solían serlo) se sentaba frente a ella y distribuía las llamadas entrantes y salientes del edificio: “póngame con doña Teresa Martín”, “le conecto con el Monte de Piedad”, “Don Arévalo no se encuentra en casa”.
Ese aparato competía con la radio por ser la tecnología más avanzada del edificio.
Hoy, muchos piensan que la IA consiste en fabricar centralitas más rápido. Otros creen que sustituirá a la operadora.
En octubre arrancamos el Programa de Liderazgo Creativo y Visión de Diseño de Tramontana. Quiero formar a personas que lideran para que puedan entender los productos y experiencias de ayer y crear los de mañana.


