Conduzco despacio, con la ventanilla bajada. Una señora mayor y otra más joven caminan rápido, aprovechando el fresquito de la mañana. Podrían ser madre e hija, o quizás sean amigas; aquí las amistades no se rigen por la edad ni por la profesión.
Un zumbido agudo. Después, el olor: hierba recién cortada.
Un operario del ayuntamiento, mono verde, bandas reflectoras. Sus pasadas son suaves y en zigzag. La desbrozadora, perfectamente engranada en su brazo, equilibra peso entre motor y cabezal. El aparato pende ligero, ergonómico, un extremo se adapta con suavidad a la anatomía humana y el otro transforma, sin piedad, naturaleza en civilización.
Un humano aumentado, casi un cyborg. La máquina, una extensión poderosa de su cuerpo y su intención. STIHL como prótesis de la voluntad y el músculo.
Llego donde Miguel y aparco en su puerta. Me habla del viento y me ofrece un café. Escucho un rumor entre eléctrico y mecánico, viene de detrás. Le pregunto. “Es la tortu”, me responde. Me asomo y la veo: una cortadora de césped autónoma. Ha salido de su punto de carga y, pasada tras pasada, mantiene el jardín. Lee el espacio, evita obstáculos, avisa si hay un problema.
En menos de tres minutos he visto las dos caras de una tecnología madura: la que potencia al ser humano y la que lo sustituye, la que amplifica el gesto y la que lo vuelve innecesario, la que abre nuevos espacios y la que los mantiene.
—La mejor compra en años, Javier. Me he desentendido del puñetero césped.


