Gabriel
Ha ocurrido en un un instante, apenas dos segundos, entre que se abría la puerta del autobús y Gabriel ponía un pie en la acera. Una luz inundándole y después un mareo.
—¿Está usted bien? Siéntese un momento. Tanto calor…
Abre los ojos. Está recostado en una marquesina. Apenas hay gente en la calle. El asfalto arde y el calor reverbera en el aire. No se escuchan coches, sólo cigarras. A su lado, una señora le fuerza a beber agua de una botella. La aparta con un gesto contenido. Se incorpora.
—Le ha dado un golpe de calor, no se levante aún, beba.
—Estoy bien, no tengo sed, estoy…
Consulta la hora y se levanta. Mira alrededor, buscando algo. Nota el peso de su maletín en la mano y levanta la mirada en dirección a la calle.
Aminora el paso a medida que se acerca al portal. La carnicería, el supermercado, el taller… Se le hacen extrañamente presentes, a pesar de estar cerrados a esa hora.
El ascensor huele a tabaco y emite una vibración gelatinosa. Gabriel la nota en el pecho, más intensa de lo normal. Escucha voces tras la puerta de casa. Introduce la llave despacio. Suenan chitidos y después silencio. Gira la llave y empuja la puerta.
—¡Feliz jubilación, papá! —se lo dicen todos, entre aplausos y besos.
Sus dos hijas le abrazan, el mayor toma su maletín y le coloca una cerveza en la mano. Su mujer sonríe desde el vano de la cocina. Él busca a su alrededor, sin saber muy bien qué.
El aire acondicionado zumba, la mesa está engalanada. En el centro, una bandeja de rollitos de jamón rellenos de huevo hilado. y unos canapés de queso filadelfia con salmón marinado. De fondo, en la tele, Aznar habla acerca de ser el núcleo duro de Europa.
—Y la pequeña ¿dónde se ha escondido?
—Estamos aquí las dos, papá.
El hombre les devuelve la mirada y sonríe sin abrir la boca. Por un instante, observa a su hijo esperando algo, pero el mayor le mira de vuelta, sereno y alegre. Todo está bien. Acerca su silla a la mesa, protegiendo la esquina con la mano. Sonríe de nuevo y llama a su mujer para empezar a comer.

