La reclutadora le preguntó con qué frecuencia podía viajar y Marcos dijo que no quería estar yendo y viniendo todas las semanas.
—Los turnos son de un mes. Después tienes diez días en origen.
En la pantalla había una oferta para supervisar instalaciones de climatización en Madrid, veinte años por delante. Conocía la empresa; había trabajado para una de sus filiales. El sueldo era bueno, aunque no entendía algunos de los nombres del equipo.
—¿El mes entero fuera?
—Sí. El alojamiento está incluido.
La reclutadora amplió el calendario y señaló las fechas de salida y regreso.
—Un mes allí es un mes aquí. No vuelves al día en que te fuiste.
Marcos miró de nuevo el salario.
—¿Y no encuentran técnicos allí?
—Les cuesta más contratarlos. Tu sueldo se calcula con las tablas de aquí, más el complemento por desplazamiento.
—O sea, que para ellos esto es poco.
—Menos de lo que cobra un técnico local. Por eso incluimos vivienda y manutención. Si tuvieras que pagarlas allí, la oferta no sería tan buena.
Marcos pidió las condiciones por escrito.
Aquella noche, Elena las leyó sentada en la cama. Al llegar al salario volvió al principio.
—¿Y el piso?
—Lo ponen ellos. Una residencia, creo.
—No, este. ¿Podríamos terminar de pagarlo?
Hicieron cuentas con el portátil sobre la colcha. Después buscaron testimonios de trabajadores. Casi todos hablaban del alojamiento, de las retenciones y de lo difícil que resultaba cambiar un turno. Elena encontró un vídeo de un hombre que había tenido que pelear tres meses para que le reconocieran una baja.
—Eso sí que no cambia —dijo.
Marcos aceptó un contrato de seis meses.
***
El desayuno estaba incluido en el alojamiento.
En el comedor había recipientes blancos con láminas de distintos colores. Marcos escogió unas amarillas, añadió leche y se sirvió café. Al morderlas crujieron, pero los fragmentos se volvieron flexibles antes de que pudiera tragarlos. Una telilla se le quedó pegada al paladar.
La mujer que acababa de sentarse enfrente observó su cuenco.
—¿Las has mojado?
Marcos asintió, ocupado en despegarse aquello con la lengua.
—Esas se comen secas.
La mujer se llamaba Inés y trabajaba en su empresa. Le acercó un plato con unas piezas azuladas, rugosas por fuera.
El sabor le recordó a una tostada con aceite. La corteza cedió en escamas finísimas y dejó una capa cremosa que se deshizo mientras masticaba. Al final quedó algo fresco entre la lengua y el paladar.
Inés le explicó que los colores permitían anticipar las texturas. El amarillo no significaba limón, ni el azul tenía nada que ver con el sabor.
—¿Y cómo sabes cuáles te gustan?
—Probando. Como con todo.
A media mañana seguía atento al curso de incorporación. Había dormido mal y, sin embargo, llevaba dos horas revisando esquemas sin levantarse. No sentía la ansiedad que le producía el tercer café.
En el descanso preguntó a Inés si el desayuno llevaba algo.
Ella giró el envase que había guardado en el bolsillo. Allí figuraban la composición y la duración del efecto, junto a varias incompatibilidades.
—Te lo tendrían que haber explicado al llegar.
—Pensé que eran cereales.
—Lo son.
***
Durante las primeras semanas tuvo que pedir ayuda a menudo. Los técnicos locales le explicaban las comprobaciones sin impacientarse, pero los manuales daban por conocidos procedimientos que él no había visto nunca. Al terminar la jornada llegaba al apartamento con ganas de quedarse quieto.
El alojamiento incluía un catálogo de entretenimiento. Buscó películas. Había muchas, casi todas antiguas, y una sección de algo llamado «tramas» que ocupaba la portada entera.
Abrió una.
El sistema le pidió que apoyara los antebrazos en los contactos del asiento. Un aviso indicaba que la reproducción incluía sensaciones corporales y estados emocionales. Podía regular la intensidad o interrumpirla en cualquier momento.
En la pared apareció una cocina. Una mujer pelaba una pera. Marcos esperó a que hablase. En la boca se le formó un sabor verde y empezó a sentir vergüenza, aunque la mujer continuaba pelando sin levantar la cabeza.
Retiró los brazos. La vergüenza desapareció. En la pantalla, la tira de piel seguía creciendo.
Apagó el equipo y puso una película que había visto con Elena.
Al día siguiente dijo en el comedor que las tramas eran un timo.
—¿Cuál viste? —preguntó Inés.
Le enseñó la portada.
—Esa no es fácil.
—No pasa nada. Te meten una emoción y ya está.
—¿Hasta dónde llegaste?
—Hasta una señora con una pera.
—Está ensayando cómo pedirle perdón a su hija.
—Pues podría decir algo.
Inés le devolvió el móvil.
—Vente el viernes. Cenamos unos cuantos y vemos una más corta.
***
Sirvieron un caldo espeso en cuencos anchos. Olía a pollo. La superficie ofrecía una resistencia leve a la cuchara; debajo había zonas fluidas y pequeños pliegues que se deshacían de distinta manera.
—No lo remuevas —le dijo Inés, demasiado tarde.
Se lo comió mezclado. Estaba bueno. Mientras recogían, notó que había dejado de apretar los dientes.
Después sacaron unas galletas. Una invitada preguntó si eran compatibles con el vino que había bebido. Inés consultó la caja y le ofreció otra cosa.
Vieron la trama en el salón, cada uno en un asiento. Inés le enseñó a bajar la intensidad sin desconectar las sensaciones.
—Si las quitas, te pierdes parte de la historia. Es como quitar los diálogos.
—¿Tengo que hacer algo?
—Mirar donde te interese. Según a qué prestes atención, recibes una parte u otra. Los personajes van a hacer lo mismo.
Contaba la venta de una casa. Había dos hermanos y una compradora que llegaba antes de la hora acordada. Cada vez que Marcos miraba hacia la escalera, algo alteraba su equilibrio. Si atendía a la cocina, recuperaba la estabilidad, aunque las voces se alejaban.
Uno de los hermanos se acercó al primer peldaño y retrocedió. Marcos tanteó el apoyabrazos, buscando algún mando con que hacerlo subir.
—No puedes llevarlo tú —le dijo Inés—. No es un juego.
La casa se vendió. Uno de los hermanos recogió una bolsa que llevaba allí desde el principio. Al tocar el cierre, Marcos sintió en sus manos la presión necesaria para juntar los bordes, los dedos doloridos después de varios intentos. En pantalla, el hombre la levantó sin dificultad.
Después discutieron sobre la compradora. Marcos había pasado toda la trama convencido de que quería marcharse. Inés, en cambio, había entendido que deseaba quedarse sola en la casa.
—Pero ni siquiera se quita el abrigo —dijo él.
Volvieron a una escena. Esta vez Marcos atendió al armario en lugar de seguir al vendedor. Sintió frío en el pecho cuando la mujer metió una mano entre dos abrigos que todavía colgaban allí. Ella dejó la mano dentro. El frío cedió despacio, aunque la habitación seguía siendo la misma.
Se quedó hasta tarde. Hablaron también de una vecina que pretendía apropiarse de parte de la azotea. En la puerta, ya con la chaqueta puesta, Marcos retomó una conversación que habían dejado a medias.
La semana siguiente buscó las galletas en una tienda.
—Para sobremesa —le dijo a la dependienta.
—¿Con gente que ya conoce o con desconocidos?
Marcos miró las cajas y se encogió de hombros.
***
En su primera vuelta al presente llevó una camisa para Elena y unos parches refrigerantes para sus migrañas. Los alimentos y las tramas estaban sujetos a restricciones de transferencia. Ni siquiera pudo conservar los envoltorios.
Elena había comprado queso y reservado mesa para el sábado. Él la abrazó en el recibidor sin soltar la bolsa. Tenía el pelo húmedo y las marcas de las gafas a los lados de la nariz.
Durante la cena habló demasiado. Intentó explicar la casa, el armario y la forma en que una historia podía cambiar sin que cambiase lo que ocurría.
—Como verla desde otro personaje —dijo Elena.
—Sí, pero puedes estar mirando a uno y sentir algo de otro.
Ella esperó mientras él buscaba un ejemplo.
Acabó enseñándole un dibujo que había hecho durante el viaje. Eran flechas y líneas de colores. Junto al plato de queso, no supo por dónde empezar.
El sábado fueron al restaurante de siempre. Marcos pidió lo de siempre y se lo terminó. Cuando Elena quiso compartir un postre, dijo que le daba igual cuál.
Por la noche eligieron una película. A los veinte minutos ella le tocó la rodilla.
—Llevas un rato mirando el teléfono.
Lo dejó boca abajo y no volvió a consultarlo.
***
Renovó por un año.
Ya no compraba el desayuno por colores. Prefería las piezas lisas con un centro fibroso y evitaba las que acababan en una sensación fría. Para las guardias llevaba tiras de fruta cuyo efecto duraba menos.
También empezaba a reconocer los géneros de las tramas. Las de intriga abusaban de una transición entre tacto y sonido que antes le había parecido extraordinaria. Ahora le bastaba sentirla para saber que alguien ocultaba algo. Prefería los dramas románticos, donde una caricia podía sentirse de forma distinta según a quién mirase.
En uno de sus permisos, abrió el calendario mientras Elena se duchaba. Faltaban cuatro días para regresar al trabajo. Al oír que cerraba el grifo, guardó el móvil.
Una tarde preparó una cena complicada. Quería conseguir una corteza que cediese en dos tiempos. Compró ingredientes por internet y ocupó toda la encimera. El resultado quedó gomoso.
Elena probó un trozo.
—El sabor está bien.
Él apartó el plato con más fuerza de la necesaria.
—No es el sabor.
Ella dejó el tenedor.
Marcos recogió mientras Elena se preparaba una tortilla. Cuando terminó, quedaba media en la sartén. Se la comió de pie.
***
El ascenso llegó al acabar el invierno. Podía encargarse de las instalaciones sin supervisión y la empresa le ofreció coordinar un turno. Entre los nuevos beneficios figuraba el acceso a un canal de comunicaciones para desplazados. Hasta entonces, Elena y él habían tenido que esperar a sus regresos. Ahora podían enviarse audios e imágenes. En la oficina le ayudaron a configurarlo.
—¿Ella necesita algún equipo?
—Una aplicación y este código.
Le mandó la invitación. Elena la aceptó esa tarde.
Los primeros días intercambiaron mensajes cortos. Ella le enseñó cómo había quedado el dormitorio después de pintarlo. Él grabó un recorrido por el apartamento, apartando ropa de las sillas antes de entrar en cada habitación.
Una mañana encontró una fotografía mientras desayunaba.
Elena estaba cenando con sus amigos alrededor de la mesa de casa. Alguien había llevado una empanada. El brazo de Luis aparecía enorme por la cercanía a la cámara; al fondo, Elena se reía con la boca llena. Habían sacado una silla del dormitorio porque faltaban asientos.
«Mira lo que te estás perdiendo».
Marcos tocó la mano de Elena en la imagen. Apareció una opción: «Guardar imagen».
La cerró y amplió la fotografía. La cara de Elena ocupó casi toda la pantalla. Detrás había una botella cuya etiqueta quedó borrosa. Redujo de nuevo la imagen y buscó con el dedo algún otro control.
«Qué bien se os ve», escribió.
Dejó el móvil junto al cuenco. Había una trama nueva que quería empezar antes de salir.
***
La empresa le ofreció un puesto fijo. Para aceptarlo tendría que solicitar la residencia permanente y dejar el régimen de turnos con permisos en origen. Tenía tres meses para decidir.
Durante su siguiente vuelta al presente fueron a una entrevista sobre traslados familiares. Elena preguntó por su trabajo y por la atención médica de sus padres. Había cursos de adaptación y ayudas para el primer año.
Al salir se sentaron en una terraza.
—Podrías probar —dijo Marcos.
—¿Y si no me gusta?
—Volvemos.
Elena dejó el folleto sobre la mesa.
—¿Los dos?
Marcos cogió su vaso. Quedaba un hielo pequeño, pegado al fondo.
Pasaron varias semanas. Hubo días buenos: fueron a una boda, pasaron un puente junto al mar. Elena dejó de enviar fotos con tanta frecuencia. A veces se las enseñaba cuando él volvía, mientras le contaba quién había estado y qué había pasado después.
La conversación definitiva llegó doblando sábanas. Elena sujetaba dos esquinas y él las otras dos.
—¿Tú quieres seguir volviendo a casa?
Marcos se acercó para juntar los extremos. Ella no los soltó.
—No de esta manera.
Terminaron de doblarla antes de seguir hablando.
Elena no iba a trasladarse. Acordaron que ella seguiría en el piso y que él mantendría su parte de los pagos hasta que pudieran resolverlo. Cuando se acostaron, Marcos dejó la maleta sin cerrar en el dormitorio.
A la mañana siguiente, Elena salió a trabajar antes de que llegara el coche de la agencia.
Marcos guardó el neceser y recorrió la casa buscando el cargador. Lo encontró detrás de la mesilla. Al agacharse vio unas zapatillas suyas debajo de la cama y las dejó allí.
En la sala de espera, antes de entrar a la cámara de traslado, abrió la solicitud de residencia que llevaba semanas pendiente. En el apartado de familiares acompañantes figuraba el nombre de Elena.
Lo borró. Revisó la dirección del piso que iba a alquilar y envió el formulario.
Quizá alguna vez te han desplazado por trabajo, o lo has hecho por estudios. Y luego, a la vuelta, las cosas no te sabían igual. Si has vivido eso o conoces a alguien que lo haya hecho, dale like al artículo o compártelo con esa persona.



