La primera habitante de Erebo que vimos estaba intentando apartar una cámara.
Tenía los ojos algo mayores que los nuestros y la piel muy pálida. Apoyó la mano en el objetivo, lo empujó y dijo algo que todavía no sabíamos traducir. Cuando el aparato retrocedió, siguió andando con un recipiente sujeto contra la cadera.
Durante unas horas se discutió si las imágenes eran auténticas. Después empezaron a circular ampliaciones de su rostro, comparaciones con actrices, dibujos de cómo sería vestida con ropa terrestre. Alguien sustituyó el recipiente por una bolsa de supermercado.
La expedición había llamado Erebo al planeta por la duración de sus noches. Sus habitantes tenían otros nombres para el lugar donde vivían. Aprenderíamos algunos más tarde.
Tres laboratorios independientes confirmaron el parentesco genético con el nuestro. Alinearon las secuencias de ambos genomas y las compararon base por base: coincidían en el 99,12 por ciento de las posiciones alineadas. Lo decisivo eran las coincidencias en regiones que no tenían por qué parecerse. La evolución independiente no ofrecía una explicación razonable.
Había una ascendencia común. Nadie sabía dónde situarla.
La expresión «humanidad extraterrestre» apareció en un informe jurídico antes de que los científicos acordaran cómo llamarlos.
Los primeros antropólogos describieron una civilización de la Edad del Bronce. Una investigadora pidió que dejásemos de hablar de Erebo como si fuese una filmación de nuestro pasado. Allí habían transcurrido tantos años como aquí.
Al mes siguiente, Naciones Unidas constituyó la Autoridad Internacional de Contacto. La cuarentena prohibía introducir organismos terrestres, entregar tecnología o transmitir conocimientos industriales. Los equipos autorizados debían limitar su presencia al mínimo indispensable.
Las potencias firmaron el acuerdo mientras preparaban sus propias expediciones.
Los estudios del subsuelo sugerían grandes depósitos de cobre, iridio y tierras raras. Había también indicios de hidrocarburos. Las estimaciones eran preliminares, pero bastaron para que varias compañías incorporasen Erebo a sus presentaciones de resultados.
Un consorcio estadounidense obtuvo permiso de una comunidad costera para instalar una estación meteorológica. Entregó herramientas de acero y medicamentos. El documento llevaba las firmas de tres representantes terrestres y las marcas de siete habitantes de la costa. No estaba claro qué habían entendido estos últimos. Tampoco qué autoridad tenían sobre el terreno concedido. Las acciones del consorcio multiplicaron su valor por seis.
En el tercer mes se descubrió una secuencia genética que los investigadores no conseguían explicar. Aparecía repetida en su genoma y el nuestro y presentaba una regularidad insólita. No se le conocía ninguna función.
Un genetista dijo que parecía una marca de fabricación. Lo dijo como comparación, durante una entrevista larga. El fragmento que llegó a los informativos duraba nueve segundos.
Cobró fuerza la hipótesis de que otra civilización hubiera depositado antepasados nuestros en la Tierra y en Erebo, mucho antes de que aparecieran las primeras sociedades humanas. Aunque todavía no había pruebas suficientes para afirmarlo, empezamos a hablar de siembra.
La revisión de antiguos registros astronómicos señaló otros once planetas que merecían atención. Sus atmósferas eran compatibles con ciertas formas de vida terrestre. En tres había compuestos que podían indicar actividad industrial.
Uno mostraba alteraciones atmosféricas y estructuras en la superficie que algunos equipos interpretaban como restos de una civilización. No se habían detectado transmisiones artificiales. Lo llamaron el mundo muerto, pese a las protestas de los responsables del estudio, que ni siquiera podían confirmar que hubiese estado habitado.
Durante el cuarto mes, varios equipos compararon aquellos datos con la historia de la Tierra. Buscaban patrones de transformación planetaria. Las observaciones eran escasas, las reconstrucciones discutibles, pero ciertos modelos parecían describir más de un mundo.
Miklós Varga leyó los informes en la Universidad Corvinus de Budapest, donde daba clases sueltas de filosofía de la técnica. Llevaba dos años sin plaza estable. Ninguno de sus libros se había traducido al inglés.
Publicó un texto en un foro húngaro. Se titulaba «La humanidad no es la cosecha». Tenía veintisiete párrafos.
Varga proponía considerar los planetas como frutos y las humanidades como organismos que intervenían en su maduración. Un hongo no necesita conocer el vino para modificar una uva. Le basta con alimentarse y reproducirse. Quizá nuestras intervenciones en el planeta produjeran una transformación cuyo resultado no sabíamos reconocer.
La comparación procedía de la podredumbre noble, la acción de un hongo sobre las uvas utilizadas en ciertos vinos dulces. Varga preguntaba por qué dábamos por hecho que, si existía un cultivo, nosotros debíamos ser su producto.
El texto recibió cuarenta y tres respuestas. Varias discutían sus credenciales. Una le recomendaba buscar otro trabajo.
Una estudiante eslovaca lo tradujo al inglés y convirtió «podredumbre noble» en «podredumbre sagrada». Cuando corrigió el error, su traducción ya circulaba sin firma.
También circulaba una frase que Varga no había escrito exactamente así:
«Somos la botrytis»
Un actor británico grabó la lectura sobre imágenes de minas, autopistas y ciudades nocturnas. El montaje terminaba con una excavadora terrestre descargada en Erebo. El vídeo superó los doscientos millones de reproducciones. Los grandes periódicos publicaron versiones comentadas. La prensa económica destacó una frase: «Una civilización no consume un planeta. Lo procesa».
Ciento catorce científicos firmaron una carta. El parentesco entre dos poblaciones no demostraba una siembra. Los indicios industriales no confirmaban otras humanidades. Y transformar un entorno no implicaba estar trabajando para nadie.
Varga compartió la carta en el foro. Debajo escribió: «De acuerdo».
Aquello desconcertó a sus seguidores. Algunos sospecharon que había recibido amenazas. Otros explicaron que el profesor estaba siendo irónico. Él no respondió.
En el sexto mes, China reconoció una instalación permanente en una isla de Erebo. Acusó a la Autoridad de Contacto de reservar el planeta para empresas occidentales y abandonó el organismo. Varios países la siguieron.
El primer cargamento comercial de cobre erebiano llegó poco después. Transportarlo había costado mucho más de lo que valía. Se vendió en pequeñas piezas numeradas y sirvió de garantía para operaciones sobre cargamentos futuros.
Reino Unido anunció que mantendría sus acuerdos bilaterales. Estados Unidos se negó a compartir los datos de navegación. Las disputas bloquearon también la negociación de los presupuestos de Naciones Unidas. Durante las semanas siguientes, varias delegaciones dejaron de asistir a las sesiones sobre Erebo. La Autoridad de Contacto seguía publicando sus informes, pero ya no podía supervisar las expediciones.
Por entonces apareció un movimiento llamado Los Últimos. Proponía dejar los trabajos inútiles y dedicar el tiempo disponible al placer y al cuidado. Hubo renuncias colectivas y gente que gastó sus ahorros en viajes. Otros pidieron una semana libre.
Un editor vienés publicó una versión ampliada del texto de Varga. «La podredumbre noble» agotó varias ediciones en un mes.
Las religiones debatieron cómo incorporar a los erebianos. El Vaticano habló de pluralidad de la creación. Algunos predicadores denunciaron un engaño. Entretanto, muchas personas dejaron de acudir a sus lugares de culto sin anunciarlo ni buscar otros.
Los periodistas encontraron a Varga en una explotación de ciruelos de Apuseni, en Transilvania. Vivía con su mujer, sus dos hijos y su suegra. La propiedad pertenecía a la familia de ella. Habían reparado la casa y recuperado una pequeña destilería.
Le preguntaron si su mudanza era una consecuencia de lo que había comprendido. Contestó que el alquiler en Budapest había subido mucho. La entrevista apareció titulada «El filósofo que decidió dejar de fermentar».
En Erebo, unos artesanos construyeron una bomba para extraer agua de un pozo, después de examinar una grabación terrestre. Necesitaron varios intentos. Cuando funcionó, otras comunidades enviaron gente para aprender a fabricarla.
Los partidarios de Varga hablaron de contaminación entre frutos. Los ingenieros discutieron cuánto podía acelerar aquello la industrialización. Aún no conocían los nombres de quienes habían construido la bomba.
Al cumplirse ocho meses del primer contacto, las encuestas indicaban que casi todos pensábamos a menudo en Erebo. Muy pocos habíamos cambiado sustancialmente de vida.
Habían comenzado los desahucios de algunos miembros de Los Últimos. Otros buscaban empleo de nuevo, procurando que sus antiguas declaraciones no apareciesen entre los primeros resultados.
Un lunes, en Londres, subió el precio del cobre erebiano. En Erebo, una mujer llevó un recipiente hasta uno de los nuevos surtidores y tuvo que esperar a que reparasen una fuga en la tubería.
Varga estaba buscando la bota de su hijo pequeño. El transporte escolar ya había llegado. Su mujer salió a pedirle al conductor que esperase. La encontró debajo de un banco, metió la mano para sacar un calcetín húmedo y se arrodilló junto al niño.
Javier Cañada
Quizá conoces a alguien con quien discutir esto durante una cena; pásaselo antes. La próxima historia, por aquí.


