Durante el primer año, Lenia se recetó a personas que llevaban décadas sin poder contar ciertas cosas. Los reportajes mostraban a pacientes capaces, por fin, de pronunciar un nombre o pasar por delante de su antiguo colegio. No habían olvidado lo ocurrido; podían recordarlo sin revivir el sufrimiento.
La publicidad insistía en esa diferencia. Los hechos permanecían; el tratamiento modificaba cómo se reconstruían en la memoria. Una mujer lo explicó en televisión: seguía recordando las manos de su padrastro, pero ya no las sentía encima.
El fármaco lo había desarrollado un laboratorio canadiense especializado en regular la carga emocional de los recuerdos. Venía en un pequeño pulverizador nasal. La pauta marcaba una aplicación en cada fosa al acostarse, todas las noches. No servía para calmarse antes de una conversación difícil ni para soportar un funeral. Su acción dependía de ciertas fases del sueño REM, cuando el cerebro volvía a procesar experiencias recientes y recuerdos que se habían reactivado durante el día. Interfería en la fijación de su huella emocional negativa. A la mañana siguiente, la persona podía contar qué le había ocurrido, incluso describir cuánto había sufrido, sin que recordarlo le devolviese el mismo sufrimiento.
Los recuerdos antiguos requerían más tiempo. Algunos perdían intensidad tras unas noches; otros volvían una y otra vez durante meses. No bastaba con administrarse Lenia y esperar que una vida entera quedara resuelta mientras se dormía.
Después llegaron las recetas por separaciones, duelos que se alargaban y hasta despidos. Aparecieron clínicas que ofrecían una primera consulta con dosis gratuita y asociaciones de pacientes que pedían ampliar la cobertura del fármaco. También hubo psiquiatras que se negaron a prescribirlo fuera de los casos graves. Sus agendas menguaron.
Al tercer año, una campaña recuperó la expresión «El tiempo todo lo cura». Debajo, en letras pequeñas: «Si le sabemos ayudar». La gente hizo el resto. «Lenia todo lo cura» aparecía en los anuncios tras las derrotas futbolísticas y hasta en whatsapps enviados después de una mala cita.
La industria cultural tardó algo más en adaptarse. Quienes tomaban Lenia seguían indignándose ante una traición en la pantalla. Pero al día siguiente recordaban lo que había hecho el personaje sin sentir la misma necesidad de verlo pagar por ello. Se pusieron de moda las novelas para leer de una sentada. Algunas salas proyectaban temporadas completas de series: los espectadores querían llegar al desenlace con el pack emocional intacto.
A los seis años, quienes no tomaban Lenia se pasaban el día justificándose. Ingrid las había dado durante cinco años y nueve meses.
El cinco de diciembre murió su madre. Y el dieciséis, la empresa en la que llevaba once años, le comunicó que iban a prescindir de ella. El despido sería efectivo a partir del uno de enero.
Tenía cuarenta y tres años y dinero para unos meses. Por las mañanas abría las ofertas de empleo. Bastaba una frase sobre la capacidad de adaptación para que tuviera que cerrar el ordenador. A veces cogía el teléfono para llamar a su madre y solo recordaba que había muerto al ver su nombre en la pantalla.
Su hermana venía dos tardes por semana. Al principio traía comida; después empezó a llevársela porque se estropeaba en la nevera.
—No tienes que demostrar nada —le dijo un jueves, mientras tiraba una tortilla entera.
Ingrid no creía estar demostrando nada. Le asustaba convertir el duelo en un conjunto de aprendizajes. Pero le daba más miedo la oscuridad del agujero en el que estaba cayendo.
La psiquiatra le propuso empezar con un tratamiento de seis semanas y revisarlo. Ingrid preguntó si podría conservar los recuerdos buenos de su madre.
—No esperamos que los pierdas. Pero a veces lo bueno y lo doloroso están en el mismo recuerdo. Puede cambiar cómo lo sientes en conjunto.
Sacó de un cajón un pulverizador de muestra y le enseñó a utilizarlo. Una aplicación en cada fosa, una vez metida en la cama. Si se olvidaba una noche, no debía compensarla por la mañana ni duplicar la siguiente dosis.
—¿Y mañana ya no estaré triste?
—Mañana puede pasarte algo que te haga llorar. Puedes sufrir con una película o conmoverte con algo que veas en la calle. Lenia no impide eso. Lo que buscamos es que, después de dormir, tus recuerdos se reajusten para dejar de hacerte daño.
Ingrid giró el envase entre los dedos.
—¿Tengo que tomarlo siempre?
—Primero vamos a ver cómo respondes. Al dejarlo, lo que hayamos conseguido no suele revertirse. Pero los recuerdos nuevos volverán a asentarse sin el tratamiento.
La primera semana no notó gran cosa. Cada noche se administraba las dos aplicaciones, limpiaba la boquilla y dejaba el frasco junto a la lamparita. La sustancia le dejaba un regusto amargo en la garganta.
El tercer día escuchó un mensaje de voz de su madre hasta el final. Era de hacía meses: le preguntaba si el domingo vendría a comer y, sin esperar respuesta, anunciaba que había comprado demasiado pescado.
Ingrid sonrió. Luego puso una lavadora.
A las seis semanas consiguió terminar una entrevista de trabajo. Contó el despido anterior sin llorar y, al salir, se compró un croissant de crema. Llamó a su hermana con la boca llena.
—Estás mucho mejor —le dijo ella.
Era verdad; dormía, volvía a cocinar, daba paseos por el parque. El recuerdo de los últimos días del hospital había adquirido cierta intimidad: las conversaciones nocturnas, una enfermera que les llevaba café. Sabía que también había deseado que su madre muriese cuanto antes. Podía reconocerlo sin volver a sentir culpa.
En la revisión acordaron continuar.
Todavía tenía tardes malas. Una vez, a la salida del supermercado, un indigente le pidió algo de dinero. Ella le dio la mitad de lo que llevaba en la bolsa. De camino a casa, sintió una mezcla de rabia y lástima que no conocía.
Días más tarde intentó escribir sobre eso. Antes componía poemas en una libreta, casi siempre malos, aunque a veces una frase le hacía quedarse despierta. Escribía cuando algo la conmovía tanto que necesitaba hacer algo con ello. Ahora podía describir al hombre y las bolsas, pero aquella rabia ya no estaba. Completó media página correcta y no encontró ningún motivo para seguir.
Empezó a escuchar música que antes evitaba. Una noche, una pieza clásica consiguió hacerla llorar. Dejó que terminase y volvió al principio, aliviada por la presión en el pecho, por aquella respiración que no podía regular del todo.
Mientras lloraba pensó que mañana le parecería una velada agradable.
Abrió los ojos. La música seguía, pero ella ya estaba comprobando cuánto le quedaba de emoción. Al día siguiente se acordó del adagio mientras comparaba tarifas de electricidad.
Encontró la primera sesión en un foro. La empresa vendía experiencias diseñadas para provocar emociones intensas a partir de la vida de cada cliente. En la web lo llamaban «acceso afectivo»: volver a sentir lo que ya solo se podía recordar. No mencionaba Lenia hasta el formulario de salud.
Ingrid entregó una grabación de su madre y respondió a preguntas que le parecieron demasiado íntimas: qué le había ocultado, por qué discutían, qué había esperado de ella durante años. Con esas respuestas prepararon una conversación y reprodujeron su voz a partir de la grabación.
Antes de empezar, la empleada le preguntó qué esperaba de la sesión.
—Volver a escribir —dijo Ingrid.
La mujer empezó a anotarlo.
—Espere. Eso no es exactamente lo que busco. Solo puedo escribir cuando siento algo con mucha fuerza. Últimamente casi nunca me pasa, y cuando me pasa se me va enseguida.
La empleada levantó la vista.
—¿Hay alguna emoción que quiera recuperar?
—Echo de menos sentirme viva, sentir fuerte. Escribo para sacar eso de dentro, no me importa que lo que escriba no sea bueno, mientras transmita algo verdadero.
La mujer añadió unas palabras al formulario. Le explicó que algunos clientes pedían revivir una despedida; otros, escuchar una disculpa que nunca habían recibido. Preparaban escenas capaces de conmoverlos aunque supieran que eran ficticias. El dolor podía formar parte de la experiencia, pero no era el objetivo ni medían el éxito por cuánto sufría alguien.
—Tampoco podemos recuperar los recuerdos alterados por Lenia. Lo que sienta aquí será nuevo. Si esta noche toma su dosis, puede que mañana haya perdido intensidad.
Ingrid había reservado la tarde entera. Durante la sesión, sentada en una butaca con auriculares, supo en todo momento que las palabras que oía las había escrito alguna IA de la empresa. Incluso reconoció de dónde había sacado algunos detalles. Aun así, hubo una frase que su madre nunca había dicho y que ella habría necesitado escuchar. Quiso contestarle. Se inclinó hacia delante y empezó a hablar antes de que terminase la grabación.
Salió llorando, enfadada por haber pagado para que se la dijeran. En el ascensor buscó un bolígrafo en el bolso.
En casa escribió hasta que le dolió la mano. Antes de dormir se administró su dosis. Por la mañana leyó las páginas con interés. Reconocía su letra, recordaba haberlas escrito, pero ya no conseguía sentir lo que la había llevado de una frase a la siguiente. Reservó otra sesión.
La agitación que le provocaban las sesiones duraba unas seis horas, a veces ocho, si no se acostaba antes. Después de varias visitas aprendió a dejar la cena preparada y el teléfono apagado. Se sentaba a escribir en cuanto llegaba a casa. No contaba las páginas ni corregía los poemas. Si salían palabras era que la emoción aún estaba allí.
La quinta vez salió con la voz de su madre todavía en la cabeza. En casa escribió varias páginas, pero al terminar seguía llorando. Quería volver a hablar con ella; la grabación se había acabado y su madre seguía muerta. Miró la hora. Faltaban dos horas para acostarse y tomar Lenia. Apartó las páginas y escribió en el reverso de una factura: «No vuelvas. No conduce a ninguna parte».
Dos días después añadió debajo: «Vuelve. Mientras escribías querías estar ahí, aunque doliera».
Llevó la factura de la empresa a la consulta de su psiquiatra y le pidió interrumpir el tratamiento.
—Lenia me está ayudando —dijo—. Eso ya lo sé.
La psiquiatra leyó las dos notas.
—¿Y qué te hace querer dejarlo?
—No quiero tener que pagar cada vez que necesito sentir algo. Quiero que algo de lo que me pasa me acompañe al día siguiente.
Le contó lo de las sesiones y las tardes escribiendo. La psiquiatra le preguntó si había intentado escribir a otras horas.
—Puedo sentarme y llenar una libreta. Pero no busco terminar un libro. Cuando necesito escribir, sé que estoy sintiendo algo, que estoy viva. Ahora leo lo de la tarde anterior y me llega como algo que hubiese escrito otra persona.
—Dejar Lenia no garantiza que puedas recuperar eso. Y el malestar nuevo puede quedarse también cuando no quieras.
—Necesito probar.
Acordaron interrumpir el tratamiento y revisar, unas semanas después, cómo se encontraba. Los recuerdos ya modificados no recuperaron su hondura, pero el malestar nuevo empezó a quedarse. Una llamada desagradable seguía doliéndole a la mañana siguiente y, por la tarde, ensayaba en la libreta lo que debería haber contestado, pero no se libraba del malestar. Pasó tres noches despierta. En la cuarta escribió otra nota: «Tómatelo. Por favor».
Cuando volvió a estar bien, aquella súplica le pareció excesiva.
Dejó las sesiones porque anticipaba sus mecanismos manipuladores. Probó otras, más caras, y pidió que quitaran la reconciliación del final. Después empezó a discutir con desconocidos. Se detenía ante cualquier coche mal aparcado y esperaba al conductor. Si este se disculpaba, Ingrid se quedaba un momento sin saber qué hacer. Increpaba a personas que se colaban en una fila, incluso cuando ella no estaba esperando. Cuando alguien le respondía de malos modos, se le acercaba un poco más.
Una vez consiguió que un hombre la insultara durante varios minutos. Mientras él hablaba, Ingrid notó una satisfacción impaciente: estaba funcionando. Pero al darse cuenta de que había conseguido lo que buscaba, los insultos dejaron de dolerle.
Más adelante descubrió los remordimientos.
Su hermana le contó un secreto íntimo. Ingrid lo repitió durante una comida familiar, eligiendo el momento en que todos podían oírla. Vio cómo su hermana dejaba los cubiertos sobre el plato.
La culpa aguantó toda la tarde. Por la noche no podía soportar su propia voz en la cabeza.
A la mañana siguiente todavía sabía que había sido cruel, pero podía justificarse: estaba enferma. Llevaba meses desbordada. Llamó para disculparse. Su hermana no cogió el teléfono.
Durante unos días, aquella llamada sin respuesta conservó algo que el medicamento no conseguía suavizar. Cada nuevo intento le dejaba el estómago encogido mientras escuchaba los tonos. Luego Ingrid empezó a impacientarse: había intentado disculparse varias veces y le parecía injusto que su hermana siguiera sin contestar.
Eso la asustó más que la culpa.
El dolor físico llegó después. Empezó a hacerse daño. Cuando, a la mañana siguiente, todavía le dolía, sentía alivio. Mientras el dolor continuaba, tenía algo que Lenia no podía suavizar. Pero en cuanto los cortes sanaban, recordaba el dolor casi con indiferencia.
Dejó de escribir. Buscaba heridas que no se desvanecieran solas. A veces se acercaba tanto al peligro que tenía que recordarse que quería seguir viva.
El perro apareció una noche junto al portal. Estaba atado a una tubería con una cuerda corta. Ingrid pasó de largo, subió a casa y volvió a bajar diez minutos después con un cuenco de agua.
El perro bebió sin dejar de mirarla. Ingrid desató la cuerda de la tubería, subió con él en el ascensor y lo dejó entrar en su piso. A la mañana siguiente lo llevó a una clínica veterinaria, donde le confirmaron que no tenía chip. Dejó allí su teléfono por si alguien lo buscaba y compró pienso y una correa en el camino de vuelta a casa.
Al tercer día, el perro ya no orinaba en la casa y aprendió a comer del cuenco cuando ella se apartaba.
El viernes, Ingrid decidió no continuar. Cerró la puerta del dormitorio. Se sentó en la cama y se quitó el reloj.
Oyó las uñas contra la puerta.
Esperó. El perro arañó otra vez. Había comido hacía poco; al principio Ingrid no entendió qué quería.
Dejó el bote de somníferos dentro del cajón. Se puso las zapatillas, abrió la puerta y buscó la correa.
Bajaron despacio. En la esquina, el perro se detuvo ante un alcorque. Ingrid tiró un poco para que siguiera. Él volvió a acercar el hocico a la tierra.
Aflojó la correa. Mientras esperaba, se dio cuenta de que había salido sin abrigo. Pensaba dar la vuelta en la esquina, pero el perro empezó a trotar al ver el parque y ella lo siguió hasta la entrada.
En el césped encontró una pelota de tenis partida. La cogió, la dejó caer y se agachó delante, con el culo levantado.
—Está rota —dijo Ingrid.
El perro la empujó hacia ella con el hocico. Ingrid se la lanzó a unos metros. Él salió detrás, demasiado deprisa, y tuvo que frenar con las patas delanteras abiertas. A la tercera vez se negó a devolverla.
Regresaron con la pelota. Ingrid le cambió el agua y llamó a la psiquiatra. Mientras esperaba que contestara, el perro intentó subir al sofá con la pelota en la boca. Se le cayó debajo y empezó a escarbar en la alfombra.
—Necesito ayuda —dijo Ingrid cuando oyó la voz al otro lado—. Hoy he estado a punto de hacerme daño.
Se sentó en el suelo para seguir hablando. El perro metió el hocico bajo el sofá, junto a su rodilla. Ingrid estiró el brazo y sacó la pelota. Se la dejó entre las patas y le rascó detrás de una oreja. Cuando retiró la mano, él la buscó con la cabeza. Ingrid sonrió un poco. Se acomodó el teléfono en la otra mano y siguió acariciándolo mientras escuchaba a la psiquiatra.



¡Me encanta! Que buen paralelismo y competencia de empresa hubiera sido para Anamnesis.
Yo lo escribí pensando en la primera Mnemosyn, pero totalmente :)